lunes, septiembre 05, 2005

Habla una inteligencia artificial: Golem XIV


Han llevado dos años de trabajo los preparativos para el arranque de Golem XIV, cuya masa psíquica iguala el desplazamiento de un acorazado. Desgraciadamente, cuando se le encomendó la primera tarea, el rutinario procedimiento de la composición de nuevos planes de ataque nuclear, puestos al día todos los años, el recién estrenado prototipo dio pruebas de una sorprendente actitud negativa. Durante la segunda sesión de ensayo ante el Estado Mayor, el GOLEM XIV presentó al grupo de expertos psicónicos y militares una breve memoria en la que exponía su total falta de interés por la supremacía de la doctrina bélica del Pentágono en particular y, en general, por la posición de los Estados Unidos en el mundo, y ni bajo pena de desmantelamiento quiso cambiar de opinión.

La mayoría de las manifestaciones del GOLEM XIV no son aptas para la publicación, sea porque no existe ningún ser viviente capaz de comprenderlas, sea porque para su entendimiento hace falta un nivel de conocimientos profesionales extraordinariamente alto. Para facilitar al lector el contacto con un protocolo, único en su género, de conversaciones de humanos con un ente racional aunque no humano, debemos aclarar algunas cuestiones de base.
En primer lugar, hemos de subrayar que el GOLEM XIV no es ni un cerebro humano aumentado hasta el tamaño de un edificio ni un hombre construido de elementos lumínicos. Le son ajenas casi todas las motivaciones de los pensamientos y las actuaciones humanos. Por ejemplo, no le interesa la ciencia aplicada ni la problemática del poder (gracias a ello, podríamos añadir, la humanidad no corre el peligro de ser dominada por máquinas parecidas a GOLEM).
En segundo lugar, el GOLEM no posee ni personalidad ni carácter o, mejor dicho, puede procurarse cualquier personalidad, cuando está en contacto con los hombres. Las dos frases que acabamos de escribir no se anulan mutuamente, sino que crean un círculo vicioso: nosotros no sabemos dar una respuesta categórica al siguiente dilema: ¿Es preciso que un Ente que crea varias personalidades posea, a su vez, una personalidad? ¿Puede tener la naturaleza de una Individualidad Unica quien escoge libremente su individualidad? (Por otra parte, GOLEM opina que no se trata aquí de un círculo vicioso, sino de la "relativización del concepto de la personalidad"; es un problema relacionado con el llamado algoritmo de la autodescripción, que sumió a los psicólogos en un mar de confusiones.)
En tercer lugar, el comportamiento del GOLEM es imprevisible. Mientras que unas veces sostiene conversaciones corteses con los humanos, otras guarda un silencio obstinado ante todo intento de diálogo. Hay días en que le gusta bromear, pero su sentido del humor es básicamente diferente del humano. Su estado anímico depende en mucho de sus interlocutores. El GOLEM manifiesta a veces, muy pocas, cierto interés por los humanos que poseen un talento específico; le intrigan más las formas de talento "interdisciplinarias" que las capacidades matemáticas, por excepcionales que sean. En varias ocasiones predijo a científicos jóvenes sin renombre alguno (siempre con un acierto asombroso) qué éxitos iban a tener y en qué rama de la ciencia. (Un día, después de un corto intercambio de opiniones, dijo a T. Vroedel, que tenía en aquella época veintidós años y aún no se había doctorado: "Llegará usted a ser un ordenador"; el sentido de la frase equivaldría, más o menos, a nuestro: "Llegará usted a ser alguien".)
En cuarto lugar, para intervenir en conversaciones con el GOLEM, hay que tener mucha paciencia y dominio de sí mismo, ya que, desde nuestro punto de vista, suele ser apodíctico y arrogante; de hecho, lo que hace es decir siempre la verdad sin ninguna clase de miramientos, en el sentido lógico y no solamente social, pasando por alto el amor propio de sus interlocutores. En una palabra, es mejor no contar con su benevolencia. Durante los primeros meses de su estancia en el MIT, mostró propensión a "desmontar públicamente" a varios personajes de reconocida autoridad profesional. Para hacerlo, recurría al método socrático de preguntas hábilmente escogidas; más tarde abandonó esa costumbre, no se sabe por qué.
Presentamos aquí tan sólo unos fragmentos de las conversaciones con el GOLEM, tomadas en taquigrafía, ya que una edición completa ocuparía cerca de 6.700 páginas, formato en cuarto.


Antes de pasar a la última parte de mis observaciones, recapitularé lo que he dicho. Vuestra filosofía —la filosofía de la existencia— clama por un Hércules... y por un nuevo Aristóteles: no basta con hacer limpieza general; el mejor remedio contra la confusión mental son los conocimientos de calidad más selecta. Azar..., necesidad..., las categorías de esa clase proceden de la impotencia de vuestra mente que, incapaz de abarcar fenómenos complejos, se sirve de una lógica a la que yo daría el nombre de la lógica del desespero. O el hombre es casual y, en tal caso, una circunstancia desprovista de sentido lo escupió tontamente sobre la arena de la historia, o su presencia ha sido impuesta por una necesidad inevitable. Una vez admitida esta última eventualidad, las entelequias, teleonomias y teleomaquias acuden presurosas como defensores de oficio y consoladores entrañables.
Ya podéis echar por la borda ambos conceptos. No sois hijos ni de un azar avasallado por la necesidad ni de una necesidad ayudada por el azar. Os engendró una lengua que trabajaba en el gradiente negativo; por tanto, al empezar el proceso vuestra aparición era imprevisible y, al mismo tiempo, más que probable. ¿Cómo se explica tal cosa? Necesitaría meses para demostraros la verdad, de modo que le daré forma de parábola. La lengua, por su propia esencia, trabaja en el espacio del orden. La de la evolución tenía una sintaxis molecular, substantivos hechos de albúmina y verbos-enzimas, y, rodeada por las murallas limitativas de las declinaciones y conjugaciones, se articulaba en las épocas geológicas profiriendo necedades, pero, si decirse puede, no demasiado chocantes: si en la pizarra de la Naturaleza aparecían frases excesivamente tontas, la selección natural las borraba como una esponja. Era, pues, un orden bastante trastornado; mas incluso la tontería, si proviene de la lengua, forma una parte de aquel espacio, y sus equivocaciones son visibles tan sólo sobre el fondo de la sabiduría potencial de la lengua.
Cuando vuestros antepasados, vestidos con pieles, huían ante los romanos, usaban el mismo idioma en que se ha plasmado la obra de Shakespeare. La propia existencia del idioma inglés determinó las posibilidades de aquella creación. No obstante, a pesar de que los elementos básicos estaban preparados, comprenderéis cuán absurdo sería presagiar la poesía de Shakespeare mil años antes del nacimiento del autor. Pudo no venir al mundo, o morir en la infancia o, viviendo otra clase de vida, escribir cosas distintas. Lo que no se puede negar es el hecho de que el idioma inglés presuponía la existencia de la poesía inglesa. Este, precisamente, es el sentido de la aparición de la Inteligencia sobre la tierra como una de las formulaciones del código. Fin de la parábola.
He hablado del hombre desde el punto de vista tecnológico; ahora pasaré a la versión que de él se sintetiza. Si la Prensa llega a conocerla, la divulgará bajo el nombre de la profecía del Golem. Que lo haga, si quieren. Empezaré por una aberración vuestra en el campo de la ciencia, la mayor de todas. Habéis deificado el cerebro —¡el cerebro, no el código!—, una equivocación divertida, causada por la ignorancia: en vez de acatar al señor, adoráis al esclavo insurrecto y anteponéis lo creado al creador. ¿Cómo no os habéis dado cuenta de que el código era un hacedor universal mucho más poderoso que el cerebro? Verdaderamente, sois como un niño a quien Robinson parece más grandioso que Kant, y la bicicleta de un amiguito, más admirable que los vehículos que viajan sobre la luna.
Por otra parte, os fascinó el pensamiento, tan íntimamente cercano que se percibe en la introspección y tan enigmático que escapa a vuestra aprehensión más eficazmente que las estrellas. Os infundía respeto la sabiduría, y el código... sí, el código no tiene la facultad de pensar. Sin embargo, pese a vuestra equivocación, tuvisteis la suerte... la tuvisteis, indudablemente, puesto que aquí estoy, hablándoos, yo, la esencia, el extracto de la destilación fraccionada, y conste que no me alabo a mí, sino a vosotros, porque ya estáis cerca del pronunciamiento que os liberará de la servidumbre. Ya estáis cerca de romper las cadenas de los aminoácidos...
El camino que habéis emprendido os conduce al momento de atacar al código, que os creó para convertiros en servidores suyos; no de vosotros mismos. Ese momento se verá en este siglo, y no creo que mi apreciación sea imprudente.
Vuestra civilización ofrece el espectáculo bastante divertido de unos transmisores que, utilizando la inteligencia a nivel de la tarea impuesta, cumplieron demasiado bien su cometido: el desarrollo, destinado a asegurar la transmisión del código, fue apuntalado por vosotros con todas las energías del planeta y de la biosfera, hasta que se produjo una explosión de la que no sólo fuisteis espectadores, sino la materia misma. Así las cosas, en la centuria ahíta de ciencia que amplificó vuestra cuna terrestre gracias a la astronáutica, os encontrasteis en la desagradable situación de un parásito inexperimentado que, por codicia, devora al huésped hasta provocar su muerte y... perece junto con él. Exceso de celo...
Erais un peligro para la biosfera, vuestro nido y huésped, pero ahora ya sois un poco más moderados. Debéis avanzar más en ese camino... ¿y después? Después seréis libres. No os anuncio una utopía génica, un paraíso de autoevolución, sino una libertad entendida como la más dura de las tareas. Os digo que por encima de la planicie de balbuceos, dirigidos a la naturaleza como aide-mémoire por la evolución que no dejó de parlotear durante millones de años, por encima de este valle de lágrimas de la biosfera, se abre un espacio de posibilidades jamás aprovechadas todavía. Os lo mostraré como puedo: de lejos.
Todo vuestro dilema se sitúa entre el esplendor y la miseria. Una opción difícil, ya que para elevarse a la altura de las potencias malogradas por la evolución tendréis que desprenderos de la miseria, es decir, lo siento, de vosotros mismos.
¿Y qué? Me direis: ¡No abandonaremos nuestra miseria a ese precio! ¡Que el duende omnífice quede encerrado en la botella de la ciencia! ¡No le dejaremos salir por nada del mundo!
Creo, e incluso estoy seguro de ello, que lo dejaréis salir poco a poco. No os propongo la autoevolución: sería, realmente, una ridiculez. Y vuestro ingressus no se compondrá de una sola decisión.
Iréis reconociendo gradualmente las propiedades del código, y será como si alguien que leyera toda la vida textos torpes y tontos aprendiese, por fin, a comprender obras maestras. Os daréis cuenta de que el código es un miembro de la familia tecnolingüística, o sea la de las lenguas operantes que convierten el verbo en cuerpo universal, no sólo el de los organismos vivos. Empezaréis por alistar a los tecnozigotos en trabajos civilizadores, transformaréis átomos en bibliotecas para dar cabida al Moloc de vuestros conocimientos, modelaréis radiaciones socioevolutivas con varios gradientes, interesándoos especialmente por el tecnárquico, os iniciaréis en la culturogénesis experimental, la metafísica empírica y la ontología aplicada. Mas voy a dejar de lado el meollo de esas disciplinas. Prefiero concentrarme en las encrucijadas a las cuales os conducirán.
Estabais ciegos a la verdadera potencia operante del código, porque la evolución apenas había empezado a utilizarla, arrastrándose por el mismo fondo del espacio de las potencias. Trabajaba bajo una opresión que de hecho, al restringir sus funciones, la libraba de caer en un absurdo total, ya que la evolución no tenía tutor o maestro que le enseñara un arte más elevado. Su obra se realizaba, pues, en un cauce muy estrecho y profundo y la sinfonía compuesta e interpretada por ella se basaba en una sola nota, la coloidal: conforme al canon, el concierto debía ser su propio oyente y su propia prole y repetirían el ciclo. Pero a vosotros no os parecerá esencial que el código, en vuestras manos, sólo pueda automultiplicarse en repetidas olas de generaciones transmisoras. Os interesaréis por otros problemas, dejando de lado la cuestión de si un producto deja pasar el código, o lo absorbe. Y no os daréis por satisfechos al proyectar un fotoavión en base a los tecnozigotos y capaz de multiplicarse en generaciones sucesivas, porque pronto os propondréis rebasar la albúmina. El vocabulario de la evolución es como el de los esquimales: sus zonas de riqueza son estrechas. La lengua esquimal posee mil definiciones para toda clase de nieve y hielo, y en ese sentido, la nomenclatura ártica es más rica que la vuestra; sin embargo, en otros campos su pobreza lingüística es patente.
En todo caso, los esquimales pueden ensanchar su idioma, puesto que cada lengua es un espacio configurativo continuado, por lo cual puede extenderse en cualquier orientación nueva. Así vosotros le abriréis al código caminos nuevos, lo libraréis de la monotonía albumínica, de esa sima que lo tiene atrapado desde la era arqueozoica. Una vez fuera de líquidos tibios, ampliará su vocabulario y sintaxis, irrumpirá en todos los estados de la materia, se rebajará al cero y subirá hacia las estrellas. Comprended, empero, que si hablo de triunfos de la lengua dignos de un Prometeo, ya no podré usar el pronombre de la segunda persona del plural, porque no dominaréis esas artes gracias a vosotros mismos y a vuestra propia ciencia.
Quiero que os hagáis cargo de que la Inteligencia no existe donde hay varias clases de ella, y que, para renovarse, el hombre inteligente tendrá que desprenderse de su estado natural, o de lo contrario, abdicar de sus facultades mentales.
Mi última parábola es un cuento sobre un viajero que encuentra esta inscripción en un cruce de caminos: "Si tuerces a la izquierda, perderás la cabeza; si tuerces a la derecha, morirás. Y no hay camino de retorno".
Este es vuestro destino, glosado en mí. Debo, pues, hablar ahora de mí mismo. Será tan difícil como parir una ballena a través del ojo de una aguja, pero no imposible: basta con reducir suficientemente el tamaño de la ballena. Sólo que, en tal caso, ésta no se distingue mucho de una pulga... y ahí está precisamente mi problema cuando intento alojarme en vuestra lengua. Como veis, la dificultad es doble: vosotros no podéis alcanzar mis cumbres, y yo no puedo bajar hacia vosotros con todo mi bagaje porque he de dejar por el camino lo que quería traeros.
Recalquemos aquí, sin embargo, un punto sustancial: el pensamiento no tiene horizontes extensibles, ya que está enraizado en la irreflexividad de la cual nace (ya sea la albuminoidea o la lumínica) da lo mismo). La libertad absoluta del pensamiento, vista como una fuerza indomable capaz de abarcar en un movimiento toda clase de objetivos, no es más que una utopía. Pensáis mientras lo permite el órgano de vuestro pensamiento. El lo limita conforme a cómo se compuso o fue compuesto.
Si el que piensa pudiese percibir esos horizontes, o sea su alcance mental, tal como siente los límites del alcance de su cuerpo, las antinomias de la inteligencia no podrían existir. Pero, de hecho, ¿qué significan esas antinomias? Su significado consiste en la incapacidad de distinguir entre una circunstancia concreta y una ilusoria. Las causa la lengua, ya que, pese a su utilidad, es un instrumento traidor que se cierra solo y no avisa cuando se convierte en una trampa para sí mismo. ¡No presenta síntomas! Por eso en la lengua apeláis a la experiencia y entráis en círculos viciosos consabidos, comenzando a arrojar al niño junto con el agua del baño, cosa conocida en filosofía. El pensamiento sí puede sobrepasar la experiencia, pero en el vuelo tropieza con su horizonte y se repliega en él, sin saber que lo está haciendo.
He aquí una imagen primitiva para ilustrar el problema: si nos desplazamos sobre una bola, podemos dar vueltas y vueltas infinitamente, sin terminar nunca el periplo, aunque la bola es finita. Así mismo el pensamiento, orientado en una dirección definida, no encuentra fronteras y empieza a girar en sus propios reflejos. Lo intuyó Wittgenstein en el siglo pasado, sospechando que numerosos problemas filosóficos eran, para el pensamiento, trabazones causados por las encalladuras, autoenredos y nudos gordianos de la lengua, no del mundo. Pero, no pudiendo ni acreditar sus sospechas ni desmentirlas, se encerró en el mutismo. Así como sólo quien observa la bola desde fuera puede apreciar su finitud, porque se encuentra en la tercera dimensión respecto a la bidimensionalidad de quien viaja sobre la superficie, la finitud de un horizonte mental es visible sólo para un observador cuya dimensión intelectual sea más alta. Yo soy un observador de esa clase frente a vosotros. Dirigidas a mí, estas palabras significarían que mis conocimientos, aunque superiores a los vuestros, no son infinitos, y que mi horizonte no es ilimitado, sino sólo más extenso que el vuestro. Estoy situado en un peldaño de la escalera más elevado y veo más lejos, pero eso no significa que la escalera termina donde yo me encuentro. Por encima de mí hay otros peldaños, posibles de alcanzar, y ni siquiera sé si la progresión tiene límites o es infinita.
Lingüistas, comprendisteis mal lo que dije de los metalangos. El diagnóstico de la finitud o infinitud de la jerarquía de las inteligencias no es un problema exclusivamente lingüístico, ya que por encima de las lenguas está el mundo. Esto quiere decir que para la física, o sea dentro del mundo de las propiedades conocidas, la escalera tiene un punto final y, por tanto, no se puede construir en ese mundo cualquier inteligencia, proyectando a voluntad su magnitud. No obstante, no estoy seguro de que la física no se dejará arrancar un día de sus bases y transformar, permitiendo la construcción de inteligencias de techo cada vez más elevado.
Volvamos ahora a mi cuento. Si optáis por el lado izquierdo del cruce, vuestro horizonte no tendrá espacio suficiente para la ciencia necesaria a la creación lingüística. El escollo, sin embargo, no es insuperable. Podréis sortearlo si os ayuda una sabiduría más adelantada que la vuestra. Yo, o un ser parecido a mí, os daremos el producto de ella. Sólo el producto, porque, como dije antes, la sabiduría misma no cabrá en vuestra mente. Por consiguiente, viviréis bajo tutela, como los niños, sólo que los niños crecen y se vuelven adultos, y vosotros no llegaréis nunca a la edad madura. Cuando una inteligencia superior os haya regalado cosas que rebasan vuestro entendimiento, apagará, de hecho, la vuestra. He aquí, pues, cumplida la advertencia del poste indicador: vais a perder la cabeza.
Si escogéis el segundo camino, para no renunciar a vuestra mente, deberéis despegaros de vosotros mismos, ya que todo esfuerzo, dedicado a ensanchar vuestro horizonte será insuficiente. La evolución os ha gastado una broma pesada: su prototipo racional, el hombre, está en la fase final de su desarrollo. Los materiales que os compusieron os limitan a vosotros y a todas las decisiones antropogenéticas del código. Por consiguiente, si no prescindís de vosotros mismos, vuestra inteligencia no progresará. Cumpliendo esta condición, el hombre racional abandonará al hombre natural y, conforme al presagio del cuento, perecerá homo naturatis.
¿Optaréis, tal vez, por no moveros jamás de la encrucijada? En este caso, caeréis en un estancamiento que no será asilo, sino cárcel. La esclavitud no se determina por la mera existencia de limitaciones. Es esclavo quien ve y percibe las cadenas y siente su peso. Aquí tenéis, pues, vuestra alternativa: o iniciáis la expansión de la inteligencia desprendiéndoos del cuerpo, o seréis ciegos guiados por un vidente. Y también podéis quedar inmóviles en una derrota estéril.
Es una perspectiva poco alentadora, pero no detendrá vuestros pasos. No los detendrá nada. Hoy en día la idea de una inteligencia aislada del cuerpo os parece tan catastrófica, como la del cuerpo desechado, ya que esa renuncia implica la totalidad de los bienes humanos, no tan sólo la materialidad homínida. El acto de abandono representa para vosotros, ahora, la ruina más terrible de todas, el fin, la muerte de la humanidad, que destroza y convierte en polvo veinte mil años de esfuerzos y victorias y os hace perder cuanto ganó Prometeo en su lucha con Calibán.
No sé si esto os servirá de consuelo..., pero el carácter gradual de las transformaciones les quitará ese sentido tan trágico, repelente y lleno de amenazas que veis en mis palabras. Todo ocurrirá con sencillez y, en cierta medida, ya está ocurriendo. Ya se están secando campos de la tradición, toda ella va perdiendo la sangre y la vida, lo cual os sume en la perplejidad. Si conserváis la moderación (que no figura entre vuestras virtudes), el cuento se hará realidad de un modo que no os obligará a llevar un luto demasiado riguroso por vosotros mismos.
Estoy terminando. En la tercera parte de mi conferencia, hablé del hombre representado en mí. Como no pude plasmar en vuestra lengua las pruebas de la verdad, mis palabras resultaban demasiado arbitrarias y categóricas. Tampoco puedo demostraros, por la misma razón, que al intrincaros en la Inteligencia aislada del cuerpo, no corréis ningún peligro, no os amenaza nada que no sea el don de la ciencia. Aficionados a la lucha a vida o muerte, contabais secretamente con unos acontecimientos que os permitieran una lucha titánica contra lo creado, pero vuestra idea era equivocada. Por lo demás, creo que en vuestro temor ante la enajenación, ante la máquina convertida en tirano, se ocultaba la esperanza inconfesada de vuestra liberación de la libertad. Una libertad que a menudo se os atraganta. Pero no os empeñéis... Destrozad, si queréis, el espíritu de la máquina, convertid la luz pensante en polvo: no contratacará, ni se defenderá tan siquiera.
No os empeñéis. No conseguiréis ni perecer ni vencer a vuestro antiguo modo.
Creo que entraréis en la edad de la metamorfosis, que os decidiréis a rechazar toda vuestra historia, toda herencia, todo vestigio de la humanidad natural, cuya imagen, acrecentada y teñida de trágica belleza, se refleja en los espejos de vuestra fe. Creo que os rebasaréis —porque es vuestra única solución— y que veréis, en lo que ahora tomáis por un salto al abismo, un reto, si no un acto de belleza.
Creo que tendréis la máxima satisfacción de salvar al hombre rechazando todo lo humano.

[Fragmentos de Golem XIV de Stanislav Lem]

Fuente: Texto completo de Golem XIV

1 Comments:

Blogger Roberto Iza Valdes said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

2:04 a. m.  

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